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Diario YA


 

PROSELITISMO PELIGROSO

Manuel Parra Celaya.
Tratar seriamente el tema de la sexualidad humana requiere la competencia de psicólogos y psiquiatras en sus manifestaciones y problemas; sobre él nunca han cesado las investigaciones de los expertos y hay multitud de opiniones y tendencias, por lo que no puede ser despachado en una líneas de un profano, que algo entiende, eso sí, de pedagogía. Pero, si en un tiempo lejano era presentado como tabú, ahora, por diferentes razones, ha entrado de lleno en el debate político, con confusos caracteres antropológicos, éticos e ideológicos.
    Con mucha más claridad se advierte esta derivación en el aspecto concreto de la homosexualidad, sobre el que discrepan teorías científicas y, de hecho, se ha transformado en un nuevo tabú de otro signo, en el que nadie osa discrepar de las versiones oficiales, erigidas como dogma.
    Uno entiende que la homosexualidad ha existido y existirá siempre, pero se ha pasado de su ocultación pudibunda al orgullo gay, es decir, a su reivindicación arrogante como rasgo de una minoría oprimida, una de tantas de la que ha hecho bandera la “nueva izquierda”, en la mayoría de ocasiones dejando de lado sus antiguas preferencias por otro tipo de opresión, la del mundo del trabajo bajo el sistema capitalista. En todo caso, el articulista parte de dos premisas: la primera, un profundo respeto a toda persona humana, sean cuales sean sus inclinaciones, y la segunda, un desmentido a la frase de que todo lo privado es público.
    Desde el campo de la Psicología Evolutiva, estudié que el ser humano, a lo largo de su desarrollo, presenta momentos de crisis (entendida esta palabra en su sentido etimológico original de elección, decisión o desenlace), en que debe superar una etapa sin quedar fijado en ella; según las mismas teorías psicoanalíticas, toda fijación viene a equivaler a una regresión.
    Uno de estos momentos transcurre en la infancia, entre los cuatro y los seis años, cuando debe superarse el sentimiento edipiano (llamarle Complejo de Edipo es demasiado fuerte y generalizador); se trata, nada menos, de la identificación del sujeto con su sexo y la atracción por el opuesto; en las niñas, se habla del sentimiento de Electra, como versión de la feminidad. Esta identificación, si transcurre por los cauces considerados naturales (aun cuando el concepto de natural se rechazado por la ideología LGTBI), representará un cierto despegue de la figura materna y una armonización con la paterna, superada la rivalidad. Si por alguna razón (genética, familiar, ambiental…) no se da esta identificación, se provoca un momento de indecisión, que puede ser aclarado o no más adelante. La infancia, pues, contiene un momento de ambigüedad y de titubeo, y quizás de ahí la insistencia de incluir en los planes de estudio una suerte de educación sexual desde los criterios dogmáticos al uso.
    En la adolescencia se puede experimentar una nueva fase indecisa, debido a los grandes cambios internos que se experimentan, una “indeterminación sexual, con consecuencias a menudo irreversibles, incluso cuando las circunstancias externas (falta casi completa o total de representantes del otro sexo, como sucede en los internados con salidas escasas) o las condiciones (timidez paralizadora, desconocimiento del otro sexo por no haber representantes de él en el núcleo familiar) hayan desempañado un papel determinante (…). Es indudable que la pubertad constituye, desde el punto de vista de la evolución de la sexualidad, un momento muy delicado” (Joseph Leif y Jean Delay: “Psicología y educación del adolescente”).
    Ahí puede radicar la motivación de los colectivos LGTBI y de sus valedores en llevar a la escuela su propaganda. Se trata de un homoproselitismo, presente y obligatorio por ley en los planes de estudio de algunos países de la UE, incluida España, y especialmente volcado a los Instituto de Secundaria.
    Ya hace algunos años, en mi condición de profesor y tutor, se me ofrecieron repartos de propaganda y revistas homosexuales, así como la posibilidad de que miembros de estos colectivos impartieran charlas a los alumnos; evidentemente, estas propuestas no entraban en mis programaciones de curso ni en un sentido ético.  Más recientemente, me ha sido dado ver en otro Instituto barcelonés una pintada suficientemente explícita, dirigida a las alumnas: Tu mejor amante es tu compañera de clase.
    Es decir, se trata de manipular adolescentes en un momento crítico de su evolución, no de educar en el respeto o en la tolerancia; se trata de obtener nuevos adeptos de una manera sibilina pero no menos forzada, provocando una experimentación de la sexualidad con sus iguales en unos momentos de ambigüedad y de desorientación naturales.
    Leo en otro texto (Manuel Iceta: “Justo a mí me tocó ser yo”) lo siguiente: “A ese primer momento de la feminidad-masculinidad, de repliegue narcisista. Sigue otro de homosexualidad transitoria. Los caracteres sexuales se han despertado, pero no han madurado; época de curiosidades, atracciones y juegos sexuales. El riesgo es la fijación”.
    Esta fijación (regresiva, en las teorías de Freud) es el objetivo del homoproselitismo dirigido a nuestros estudiantes.