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Diario YA


 

La otra crisis:

¿Un progresismo eterno?

Jesús Asensi Vendrell. Algunos miembros de nuestro actual Gobierno están convencidos de que su
permanencia en el poder se va a prolongar durante un buen número de legislaturas. Alardean de tal superioridad moral que hasta se permiten dejar a un lado el relativismo que impregna su ideología. Y es que sí que creen en la existencia de algunas verdades absolutas. Unas verdades basadas en sus opiniones y que se fundamentan en el sentimentalismo ocurrente de cada individuo.
        Esa verdad, su verdad, es la que debe impregnar el ideario de todos los
centros educativos que reciban fondos públicos. Esa es la razón de que
en la nueva ley educativa se dé prioridad a la escuela pública; se prevé
la construcción de más colegios públicos; y se trate de prescindir de
las escuelas privadas concertadas que no estén dispuestas a claudicar de
su ideario fundacional.
        Parece ser que este Gobierno es tan progresista que es incapaz de mirar
atrás y aprender de la historia. Resulta que, en el año 1948, tras la
terrible Segunda Guerra Mundial y las purgas efectuadas en los países
comunistas, se proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos
para que ningún régimen totalitario pudiera seguir actuando impunemente.
Y ahí está el artículo 26, que en su punto 3 afirma que “los padres
tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de
darse a sus hijos”.
        Pablo Iglesias quiere que el Gobierno controle la educación que se
imparte en los centros públicos y que éstos sean los únicos que
sobrevivan gracias a la retirada progresiva de los conciertos económicos
a los centros privados. Y todo porque cree que los partidos progresistas
van a seguir ostentando el poder indefinidamente y que su ideología es
la única que se va a impartir dentro de las aulas. Y otra vez queda
demostrado su ciego progresismo que le impide aprender de la historia y
caer así en la cuenta de que “no hay mal que cien años dure”. Porque
llegará el día en que su Gobierno caerá y serán otros los que empezarán
a gobernar. Y serán ellos los que tendrán el control absoluto de la
educación y podrán imponer su ideología a la única comunidad educativa
que habrá subsistido: la de la enseñanza pública.

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